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“Que la IA, se autorregule en una mesa chica, no me sirve”

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El especialista en IA de la Universidad Nacional de Mar del Plata advirtió que la discusión sobre regular la inteligencia artificial choca con la ambición humana y con el interés de unos pocos actores en fijar las reglas del juego por su cuenta.

El licenciado en Informática Carlos Alberto Rico, repasó los alcances, los riesgos y los límites políticos de la inteligencia artificial (IA), un debate que —advirtió— excede lo tecnológico para instalarse de lleno en el terreno del poder.

Una revolución que no cayó del cielo

Rico comenzó desarmando la idea de que la IA es un fenómeno repentino. Según explicó, se trata de una creación humana con décadas de desarrollo: los algoritmos que hoy la sostienen existen desde los años 70 y 80, y lo que cambió no fue tanto la programación sino la potencia del microchip, que aceleró procesos que antes eran impensables. Comparó el momento actual con la revolución industrial, aunque de una escala mayor: un cambio que, dijo, va a impactar “hasta en la organización de los países” y que, por estar viviéndolo desde dentro, resulta difícil de percibir en toda su magnitud.

Bancos, elecciones y la pregunta por la seguridad

Consultado sobre si la IA podría vulnerar sistemas sensibles —como el bancario o el electoral, en referencia al sistema de boleta única electrónica que se usa en Salta—, el especialista fue directo: la posibilidad existe, pero no es exclusiva de la IA, ya que cualquier ataque de ese tipo también podría intentarlo un ser humano. La diferencia, señaló, es de velocidad y escala: donde antes se necesitaban diez personas para intentar una vulneración, hoy alcanza con desplegar diez agentes de inteligencia artificial que trabajen en paralelo, incluso coordinados entre sí como un equipo. Aun así, remarcó que los modelos criptográficos que protegen bancos, satélites y comunicaciones —RSA y AES— nunca fueron quebrados hasta hoy.

El verdadero salto de riesgo: la computadora cuántica

El dato más inquietante de la entrevista no fue sobre la IA, sino sobre otra tecnología que avanza en paralelo: la computación cuántica. Rico explicó que, mientras romper una clave RSA por fuerza bruta demandaría entre 50 y 100 años con la potencia de cómputo actual, una computadora cuántica lo suficientemente potente podría hacerlo en 48 horas. Citó a la organización estadounidense NIST, que fija los estándares de seguridad informática a nivel mundial, y que ya advirtió que la criptografía global deberá renovarse por completo antes de que pasen diez años.

Asimov, las reglas y la desconfianza en la autorregulación

Sobre el final, la charla se corrió hacia el terreno político. Rico recordó las tres leyes de la robótica formuladas por Isaac Asimov —no dañar a un humano, obedecer órdenes salvo que contradigan la primera regla, y autoconservarse salvo que contradiga las dos anteriores— como una guía histórica para quienes desarrollan estas tecnologías. Pero fue categórico al señalar dónde está el verdadero problema: no en la guía ética, sino en quienes tienen el poder de desarrollo y decisión.

Ahí llegó la frase que resume su mirada sobre el debate por regular la inteligencia artificial: reconoció que la idea de regularla “parece interesante”, pero advirtió que detrás vuelve a aparecer la ambición humana, con un puñado de actores dispuestos a fijar sus propias reglas antes que las del conjunto. “Vamos a autorregular la mesa chica […] Y yo no avanzo con esto, yo no avanzo con esto otro, pero lo hago por debajo de la mesa”, sentenció, dejando abierta una pregunta que excede lo técnico: quién decide, en definitiva, los límites de una tecnología que ya está transformando la economía, la seguridad y la propia democracia.




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