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“El Clima que”, el Gobierno Nacional quiere borrar del mapa

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“El celular te da el pronóstico, pero alguien tuvo que trabajar para que esa información llegue allí. Ese alguien somos nosotros, y nos están desarmando.”

El Servicio Meteorológico Nacional atraviesa uno de los desmantelamientos más graves de su historia. Edgardo Catalán, responsable de la Estación Meteorológica Aeronáutica de Salta, lo dijo con total claridad, 140 empleados ya fueron despedidos en una primera tanda, luego de que la cifra original —240— fuera negociada a la baja por los propios directores del organismo. El proceso comenzó en los primeros días de marzo, cuando la orden llegó desde el gobierno nacional hasta la sede central en Buenos Aires.
El resultado es una planta de alrededor de 1.200 personas —que ya va camino a quedarse en 800 o 900— para cubrir los 24 distritos del país, incluyendo las bases en la Antártida. Una cifra que, según Catalán, representa apenas un tercio del personal que poseen servicios meteorológicos de países de superficie comparable o incluso menor. España, con un territorio mucho más reducido que la Argentina, cuenta con cerca de 2.500 meteorólogos en actividad.
Las consecuencias son concretas e inmediatas. En Orán, una de las estaciones afectadas, la reducción de seis a cuatro empleados implica que la cobertura pasará de las 24 horas a una ventana de las 6 de la mañana a las 9 de la noche. El problema es que las tormentas más intensas —con riesgo de granizo y precipitaciones extremas— ocurren precisamente de noche o en la madrugada. “Esa información no va a estar disponible”, advirtió Catalán, y con ella tampoco estarán disponibles las alertas tempranas del sistema de colores: amarillo, naranja, rojo.
La lógica oficial detrás de los recortes apunta a la automatización: reemplazar personal por estaciones automáticas. Catalán no rechaza la tecnología —”es muy buena, deberíamos tenerla desde hace años”—, pero señala un problema estructural: una estación automática necesita entre dos y tres años de prueba para ser homologada antes de reemplazar a un observador humano. “Lo que están haciendo es reducir primero el personal y comprar los equipos después. Eso ya afecta la información que necesitamos hoy.
En respuesta a los despidos, el gremio convocó a un paro para el día viernes: desde las 5 de la mañana hasta las 12 del mediodía no se brindará información meteorológica aeronáutica. Esto significa que ningún piloto —civil o comercial— podrá acceder al parte oficial requerido por protocolo antes de despegar: condiciones en la ruta, tormentas en altura o en superficie, vientos, turbulencias. “Cualquier avión, antes de poner en marcha el motor, tiene que contar con esa información“, explicó Catalán.
El responsable de la estación salteña también aclaró algo que suele pasarse por alto: todos los servicios meteorológicos del mundo —privados o públicos, los que aparecen en el celular, en aplicaciones o en sitios web— toman como base la información que elabora el Servicio Meteorológico Nacional argentino. “Ellos hacen otro cálculo, otro estimativo, y por eso hay diferencias entre pronósticos. Pero la fuente principal somos nosotros.”
Catalán fue directo al responder sobre los errores en los pronósticos, algo que el público suele criticar: “El margen de error es alto porque hoy no estamos equipados. Con menos gente, va a ser peor.” La meteorología no es una ciencia exacta, insistió, y la vigilancia permanente —actualizar el pronóstico hora a hora según la evolución real del tiempo— es lo que reduce ese margen. Sin personal suficiente, esa vigilancia se rompe.
El caso de la Antártida ilustra el absurdo de la situación: para cubrir las bases australes, el organismo debe desafectar personal de las oficinas del país continental. “Nos quedamos con una persona menos acá para mandar a la Antártida. Y así se va agravando todo”, resumió Catalán. Su mensaje final fue una interpelación directa a la sociedad: la aeronáutica, el agro, la planificación urbana, la prevención de desastres —todo depende del clima, y el clima tiene gente trabajando detrás, en silencio, que el Gobierno parece decidido a ignorar.




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