“La obesidad no es una elección individual, sino el resultado de los entornos en que vivimos.”Argentina es el tercer país de América Latina con mayor índice de obesidad infantil. Entre los 5 y los 17 años, el 41% de los chicos y chicas presenta esta condición. No es un dato menor: es una crisis de salud pública silenciosa, alimentada —valga la paradoja— por la pobreza, el trabajo, los precios y la falta de políticas concretas de educación alimentaria. La licenciada en nutrición Mirta Machuca, jubilada de la salud pública provincial, lo dice sin rodeos: el problema no está en los platos de los argentinos, está en el modelo.
“Vivimos en un ambiente obesogénico”, afirma Machuca, esa palabra —técnica, pero política— lo resume todo: un entorno que por diseño empuja hacia el consumo de alimentos ultraprocesados, bebidas azucaradas y comidas rápidas, mientras que las frutas, las verduras y las proteínas de calidad se vuelven artículos de lujo. “La verdura está cara, y tenemos un hermoso jardín que cuidamos, pero no tenemos una pequeña huerta”, ironiza la nutricionista, que en su propio patio cosecha zucchinis en macetas.
El diagnóstico de la obesidad también está cambiando. Durante décadas, el criterio dominante fue el índice de masa corporal (IMC): si superaba el 30%, había obesidad. Pero desde el año pasado, los parámetros se ampliaron. Ahora se incorpora la relación cintura-talla, el perímetro abdominal y la presencia de enfermedades asociadas como hipertensión o diabetes. La distinción entre obesidad subclínica y obesidad clínica es clave, porque las intervenciones deben ser distintas en cada caso.
Para Machuca, sin embargo, el problema más urgente no es médico sino cultural y estructural. Los trabajadores que pasan doce horas fuera de casa comen lo que pueden, cuando pueden. Las madres que corren al colegio compran lo que hay en la estación de servicio: una gaseosa y un paquete de galletas. Los chicos salen sin desayunar. Nadie elige mal por gusto: elige lo que el mercado ofrece barato y rápido.
“No necesito comer un montón. Lo importante no es no comer nada para bajar de peso, sino comer varias veces al día, pero en pequeñas porciones”, explica la licenciada, que habla desde la experiencia propia: ella misma perdió 18 kilos comiendo seis veces por día. La clave no es la restricción, sino la organización. Un huevo duro para llevar al trabajo. Una fruta de estación. Agua en lugar de gaseosa. Pequeñas decisiones que, acumuladas, cambian el metabolismo y el bienestar.
El desayuno es, para Machuca, la gran asignatura pendiente. “Los chicos salen de casa sin desayunar, y eso es un hábito que los padres podemos cambiar con organización: levantarse un poco más temprano, dejarlo preparado la noche anterior.” Un desayuno no es cuatro medialunas con manteca: puede ser una infusión con leche, unas pocas galletas y un trozo de queso comprado en el mayorista, fraccionado y guardado en el freezer.
En cuanto a las dietas de moda —el ayuno intermitente, la cetogénica, las recetas de la inteligencia artificial— la nutricionista es tajante: “Esas dietas no son buenas para todos, porque cada ser humano es único e irrepetible.” El riesgo de autodiagnosticarse y seguir planes genéricos de internet es real. La obesidad puede estar asociada a cuadros de ansiedad que requieren atención psicológica, o a sedentarismo que precisa acompañamiento de un profesor de educación física. El abordaje, dice Machuca, debe ser interdisciplinario. Y aconseja algo que muchos desconocen: en toda la provincia de Salta hay nutricionistas formados en la Universidad Nacional local, disponibles en los servicios de salud pública, sin costo.
La alimentación saludable no tiene por qué ser cara. Machuca, que con su sueldo de jubilada de la salud pública come carne vacuna apenas una vez al mes, propone combinar proteína de huevo, queso, legumbres —porotos, garbanzos— con frutas y verduras de estación. “Si el tomate está por las nubes, compro otra cosa. Lo ideal son cinco colores de frutas y verduras por día; si no se puede, al menos tres: un verde, un rojo, un amarillo.” Así se evitan los suplementos vitamínicos y se reduce el gasto.
El resumen de Machuca es simple y contundente: más fibra, menos grasa saturada, menos azúcar, cero ultraprocesados, actividad física moderada, y nada de tabaco ni alcohol. “Pequeñas acciones pueden tener efectos positivos a lo largo de toda la vida”, dice, citando el lema internacional del Día de la Obesidad. No hace falta un gimnasio ni una dieta de revista: alcanza con dar la vuelta a la manzana después de comer.
El verdadero desafío, concluye la nutricionista, es colectivo. “Debemos construir condiciones que hagan más sencillo elegir alimentos saludables.” Eso no depende solo de cada familia: depende de políticas públicas, de precios accesibles, de kioscos escolares saludables, de publicidad responsable. Mientras el Estado no intervenga en el entorno obesogénico, seguiremos culpando a los gordos de algo que el sistema construyó para ellos.





